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sábado, 11 de febrero de 2023

Las guerras carlistas

 


Fecha: 13 mayo, 2022
Caricatura del carlismo. Revista La Flaca (1870)

1. Los orígenes del conflicto carlista: el reinado de Fernando VII.

A su vuelta a España en mayo de 1814, tras su forzado exilio en Francia, el rey Fernando VII suscitaba grandes expectativas contrapuestas. Todos pensaban –nobleza, Iglesia, pueblo– que se solucionarían sus problemas. Sin embargo, la situación española era de profunda crisis: una agricultura arruinada, comercio y manufacturas paralizadas, pérdidas demográficas y una rebelión en el Imperio español en América.  Ante este panorama, Fernando VII se mostró cauto y restauró un absolutismo moderado, sin anular de forma generalizada todas las reformas implantadas por el liberalismo. Desde aquel momento y hasta finales del siglo XIX, la política española estuvo determinada por una dinámica de contraposición entre fuerzas liberales y absolutistas.

Las posiciones más absolutistas se fueron concentrando en torno a la figura del hermano del rey, don Carlos María Isidro, una persona muy piadosa y claro partidario de absolutismo –por eso a sus seguidores se les llamó apostólicos o carlistas. Este sector recibió con malestar que el rey no restaurase todo el Antiguo Régimen y se opuso a las medidas reformistas, aunque fueran tímidas. El programa inicial de estos apostólicos, germen de lo que luego será el carlismo, puede resumirse en tres puntos: absolutismo, Inquisición y Voluntarios Realistas.

Retrato del infante de España Carlos María Isidro de Borbón. Vicente López (principios del siglo XIX)

Paralelamente, aprovechando la persistente crisis económica y el descontento social en el campo, los absolutistas recurrieron a las conspiraciones y a las revueltas para imponer su ideario. En los últimos años del reinado de Fernando VII,  los dirigentes apostólicos, apoyados por el infante Carlos, se dedicaron a planificar una insurrección nacional basada en la movilización de hasta doscientos mil Voluntarios Realistas. El objetivo era que cuando Carlos V –Carlos Mª Isidro– alcanzase el trono anulase todas las medidas reformistas y volviese a los presupuestos del Antiguo Régimen, con la Inquisición como policía ideológica.     

Hacia 1829 la situación se agravó aún más al sumarse algunos intentos de invasión protagonizados por los liberales, así como un empeoramiento de la crisis financiera. Al poco tiempo, murió Amalia, la tercera mujer del rey Fernando, y pocos meses después el rey  se volvía a casar con su sobrina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (diciembre de 1829).  En marzo de 1830  se hacía pública la Pragmática Sanción, ya aprobada en 1789 bajo el reinado de su padre Carlos IV, pero aún no publicada. Esta norma suprimía la llamada Ley Sálica, que impedía el acceso al trono de las mujeres. Poco después se anunció el embarazo de la nueva reina y Fernando aseguraba mediante su testamento su voluntad de que le sucediera su hijo o hija, dejando la regencia en manos de su esposa. El nacimiento de la infanta Isabel, una vez derogada la Ley Sálica, apartaba a don Carlos de la sucesión al trono. Desaparecida esa posibilidad, a los carlistas solamente les quedaba el recurso de la toma violenta del poder.

Uniformes de los Voluntarios Realistas. De izquierda a derecha: granaderos, fusileros, artilleros y caballería. Fuente: https://www.pinterest.es/pin/312859505338698382/

2. Regencia de Mª Cristina e inicio del conflicto.

A los pocos meses, en octubre de 1830, Mª Cristina  dio a luz  una niña: la futura Isabel II. Mientras tanto, en el entorno del infante Carlos se desarrollaron continuas conspiraciones, dirigidas principalmente por la infanta portuguesa Francisca, que era la esposa de Carlos. La gran oportunidad conspiratoria pareció surgir en septiembre de 1832, mientras la familia real se hallaba en La Granja.

Fernando padecía unos graves ataques de gota, circunstancia que aprovecharon algunos círculos apostólicos próximos a la Corte para atemorizar a la reina e impulsarla a restablecer la exclusión de las mujeres a la corona, con el argumento de que si no lo hacía  podría producirse una revolución que acabase incluso con sus vidas. La reina influyó entonces para que el rey firmase tal documento con la condición de mantenerlo en secreto mientras el rey viviese. No obstante, la noticia transcendió, generándose, entre las élites nobiliarias,  un movimiento de apoyo a la reina. Además, la salud del rey mejoró y nombró un nuevo gobierno que aplicó una serie de medidas reformistas –amnistía limitada, depuración del Ejército, etc.–. Estas medidas alarmaron a los carlistas.

Fallecido Fernando VII (29 de septiembre de 1833), su esposa Mª Cristina asumió la regencia de su hija Isabel, período que se extendió hasta 1843. Cea Bermúdez continuó como presidente del gobierno, manteniendo un inmovilismo estéril a pesar de que ya se había producido la insurrección carlista. Además, su actitud dificultaba iniciar las soluciones, sobre todo financieras, que necesitaba el país. El clima de guerra civil era palpable. Mientras tanto, Carlos había huido a Portugal donde declaró que se negaba a jurar fidelidad a Isabel y que seguía manteniendo sus derechos al trono.

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Retrato de Vicente López (1830)

3. La primera Guerra Carlista (1833-1840)

La inactividad del gobierno hizo que fueran los capitanes generales de cada región los que afrontaran la primera insurrección carlista, limitando el conflicto, en la mayor parte del territorio nacional, a una guerra de partidas, y no de frentes y grandes batallas, modalidad bélica que solo se dio en Navarra y País Vasco, donde llegó a cuajar un gobierno alternativo.

La primera fase de este conflicto  surgió a finales de septiembre de 1833, cuando  se produjeron enfrentamientos armados en Valencia, Castilla, Navarra y las provincias vascas. En esta última zona actuaban partidas armadas dirigidas por el coronel carlista Zumalacárregui. Gracias a él, se constituyó en Navarra una especie de monarquía alternativa con algunas estructuras políticas y económicas –corte, gobierno, servicios, …–, pero su situación económica era desastrosa. Por ello se  pretendió tomar Bilbao, para  así intentar lograr cierto reconocimiento internacional y, a la vez, exigir un préstamo a la ciudad. En el resto de los territorios afectados directamente por la guerra –Cataluña, Aragón,  La Mancha, etc.– actuaron fundamentalmente partidas guerrilleras aisladas. En el sitio de Bilbao, Zumalacárregui resultó muerto (julio de 1835) y el fracaso de la operación acabó con la etapa de victorias carlistas. Su muerte puso fin a esta etapa.

Carga de lanceros navarros. Augusto Ferrer Dalmau (1834)

La segunda etapa de la guerra transcurrió entre julio de 1835 y octubre de 1837, y se extendió por todo el territorio nacional. Los carlistas organizaron expediciones a diversas zonas de la península –Galicia, Valencia, Andalucía, incluso Madrid–, pero sin ningún resultado político duradero.

Mapa de la primera Guerra Carlista. Fuente: Fernandez, J.M.; Gonzalez, J.; León V.; Ramírez, G. Historia de España. Ed Santillana

La tercera fase se desarrolló entre octubre de 1837 y agosto de 1839. En ella se produjo el triunfo de las tropas gubernamentales. La derrota carlista provocó la aparición de una división en el movimiento: por un lado,  los apostólicos más conservadores, partidarios de continuar la lucha, y, por otro lado, los más moderados, que querían una negociación. Esta última postura se impuso en el bando carlista, lo que permitió la firma del Convenio de Vergara (20 de agosto de 1839) entre los generales Espartero, del ejército isabelino, y Maroto, del carlista. En él se prometía el mantenimiento de los fueros vascos, promesa que Espartero incumplió, y la integración en el ejército isabelino de los oficiales carlistas que lo deseasen. El rechazo a este acuerdo por el sector carlista más conservador y del propio don Carlos, provocó su exilio en Francia y la prolongación de la guerra en Cataluña y Aragón hasta la derrota definitiva del general Cabrera en Morella (junio 1840).

4. La guerra dels Matiners (1846-1849)

En 1846 se inició en Cataluña la llamada «guerra dels Matiners»  Este conflicto armado no fue comparable a las restantes guerras, ni por intensidad, ni por duración, ni por el territorio afectado. En realidad, las actuaciones de las partidas carlistas no habían cesado en algunos territorios –Maestrazgo, Cataluña– desde la finalización de la primera guerra.  El motivo formal de su inicio fue el anuncio del matrimonio de Isabel con su primo Francisco de Asís, porque ello significaba el fracaso del proyecto de resolución del conflicto dinástico mediante el matrimonio de la  reina con Carlos VI, hijo de Carlos Mª Isidro.

El levantamiento fue cobrando fuerza por los efectos de la crisis económica de 1847-1848. Ello explica que las fuerzas militares carlistas estuviesen compuestas por trabajadores de la pequeña producción artesanal o manufacturera, algo peculiar de esta guerra. A ello hay que sumar la oposición a la implantación del impuesto de los consumos –tributo que gravaba la compraventa de productos, incluido los de primera necesidad, y que debía pagar el comprador–, y el rechazo de parte de los jóvenes catalanes a las «quintas».

La coincidencia de este alzamiento con el desencadenamiento de la revolución de 1848 en Francia motivó una curiosa alianza de intereses entre republicanos y carlistas en Cataluña. Pero el fracaso en extender el movimiento al resto de España anunciaba el declive de la insurrección. Al final, el cansancio provocado por tres años de guerra, la detención en Francia de Carlos VI y una cierta recuperación económica, acabaron con el conflicto.

5. La recomposición carlista.

La crisis política del régimen isabelino y el contexto europeo favorecieron el resurgimiento carlista. Hacia 1860, el carlismo parecía derrotado. Tras dos guerras perdidas, la renuncia de los dos infantes carlistas a los derechos del trono y su exilio, el liberalismo parecía haber vencido definitivamente. Sin embargo, En Europa se produjeron importantes cambios geopolíticos en la década de los años sesenta, transformaciones que acabaron repercutiendo en España. La reducción territorial del Estado Vaticano, en el marco de la formación del reino de Italia, movilizó al catolicismo europeo en contra de los principios liberales. Paralelamente, se conformaron dos nuevas potencias en Europa: el II Imperio Alemán y el nuevo Imperio Austro-Húngaro, que adoptaron formatos políticos parecidos a los propuestos por los carlistas: Estados monárquicos, autoritarios y confederales.

Europa en 1871. Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Europe_1871_map_en.png

Desde Austria, inspirada en estos cambios que favorecían sus postulados, María Teresa de Braganza  –que había sido la segunda esposa del infante Carlos María Isidro– maniobró para que, tras la muerte de Carlos (Carlos VI),  la sucesión carlista no recayera en su hermano Juan de Borbón,  de ideas liberales, sino que pasara directamente al hijo de este, Carlos –Carlos VII-, que nunca había estado en España.

Elaboración propia.

El régimen liberal isabelino entró en crisis en 1865 y en 1868 colapsó. En este período, el sector más conservador de los liberales abandonó el régimen y se sumó a la reacción que iba cobrando fuerza en Europa. El catolicismo era el punto central del ideario reaccionario porque se suponía que la fe católica garantizaría el orden social amenazado, diluiría los enfrentamientos políticos y reforzaría las señas de identidad hispanas. Bajo estas premisas se formó el nuevo partido carlista, la Comunión Católico-Monárquica.

El partido optó por la participación en el juego electoral y lo hizo entre 1869 y 1872. No obstante, los resultados obtenidos en los diversos comicios –en las constituyentes de 1869, el partido solo obtuvo 20 de los 359 escaños en juego y, de ellos, 17 se concentraron en las provincias vascas y Navarra; en las legislativas de 1871, la Comunión logró 51 diputados de 420 escaños, aunque más distribuidos por todo el territorio español– desilusionaron las expectativas carlistas. El fiasco electoral de las elecciones generales del 3 de abril de 1872 –38 diputados de 391 escaños– desterró definitivamente la vía de la participación política y abrió la del levantamiento armado. Los carlistas descubrieron así que su techo electoral era bajo y que la religión no era un argumento suficientemente potente para sostener su enfrentamiento contra el liberalismo y el republicanismo.

6. La Segunda Guerra Carlista (1872-1876).

Con Carlos VII, ya como líder carlista, comenzaron los enfrentamientos armados. Un primer intento de insurrección en 1872 fracasó por falta de apoyos militares y los carlistas fueron derrotados en Oroquieta por el general Serrano. La paz llegó mediante el convenio de Amorebieta, que concedió a los sublevados una amplía amnistía a cambio de finalizar las hostilidades. En Cataluña, sin embargo, la lucha prosiguió mediante las actuaciones de diversas partidas guiadas por veteranos de las guerras anteriores. Esta continuidad impulsó a los carlistas a retomar  los combates en las provincias vascas y Navarra, aunque con una baja intensidad.

La proclamación de la Primera República benefició a la causa carlista, que logró aumentar sus efectivos y apoyos, especialmente en los territorios indicados antes. Diversas derrotas militares gubernamentales posibilitaron que los carlistas creasen un efímero Estado, pues llegaron a controlar las tres provincias vascas y buena parte de Navarra, aunque no las capitales.

Escenarios de la Segunda Guerra Carlista. Fuente: García de Cortázar, F. Atlas de Historia de España.

En Cataluña, la guerra continuó mediante partidas independientes que practicaba una guerra de guerrillas y de sabotajes y extorsiones muy brutal, pero que no permitía controlar ningún territorio de forma estable. Para lograr más apoyos, el jefe carlista en Cataluña, Alfonso Carlos (hermano de Carlos VII) publicó un manifiesto el que ofrecía devolver los fueros a catalanes, aragoneses y valencianos, gesto retórico simplemente. El conflicto también se extendió por zonas de Castilla la Vieja, pero la falta de recursos económicos, el cese de la ayuda francesa y el individualismo de los mandos militares, mostraron claramente que los carlistas no podían mantener una guerra de desgaste

Los numerosos problemas de los gobiernos republicanos –guerra de Cuba, insurrección cantonal, abolición de las quintas, etc.– retrasaron la respuesta militar gubernamental. Pero esta situación cambió con la Restauración alfonsina (1875), que arrebató al carlismo el monopolio del conservadurismo social y la defensa del catolicismo. El cambio político comportó también una variación en la situación militar, siendo finalmente derrotadas las tropas carlistas en Montejurra en el año 1876.

Don Carlos Calderón en Montejurra. Enrique Estevan Vicente (hacia 1880). Mandos liberales devuelven al brigadier carlista su espada por su heroica actuación en Montejurra. Fuente: La Aventura de la Historia

7. Conclusiones.

El carlismo fue un movimiento político afín al tradicionalismo europeo. El logro de suficientes apoyos políticos y sociales le permitió provocar un conflicto que ensangrentó el país durante cuatro décadas y que dificultó su desarrollo económico. La raíz principal del carlismo fue el rechazo ideológico al liberalismo y a los gobiernos de dicho signo, pero su grado de legitimidad provenía de las opciones dinásticas que les otorgaba la persona del infante Carlos María Isidro. Tanto su ideario como su práctica política pueden englobarse dentro del concepto de contrarrevolución.

Así pues, estamos hablando de un movimiento antiliberal y contrarrevolucionario que surgió en el contexto de la crisis del Antiguo Régimen y se desarrolló durante el proceso de consolidación de los gobiernos liberales en España, especialmente durante el reinado de Isabel II. Su pervivencia se prolongó durante el siglo XX, resurgiendo en momentos cruciales de la historia de España durante el siglo XX, como la Guerra Civil –en la que, con el nombre de requetés, apoyaron la sublevación militar– o la Transición Democrática –etapa en la que el movimiento se dividió.

Tropas del Tercio Requeté de Monserrat en la Guerra Civil española. Fuente: https://elcorreodeespana.com/historia/395747014/Catalanes-luchando-por-Espana.-El-tercio-de-Montserrat-en-la-batalla-del-Ebro.-Por-Rafael-Maria-Molina.html

La base ideológica del carlismo se sustentaba, por tanto, en el mantenimiento de la tradición y el combate contra el liberalismo. Los fundamentos de su pensamiento político se pueden sintetizar en el lema Dios, Patria y Rey, a los que más tarde se sumaría el de Fueros –entendidos como estuche de las libertades y privilegios tradicionales, sin nada que ver con las actuales tendencias autonomistas o nacionalistas. Aparte de estas grandes ideas-marco, el programa carlista era bastante inconcreto, hecho que facilitó la persistencia de diversas facciones. Lo que sí se puede afirmar es que no representaba una simple vuelta al Antiguo Régimen sino que contaba con una ideología y un proyecto propios, aunque difusos –por ejemplo, el carlismo nunca se comprometió con el restablecimiento de la jurisdicción señorial, suprimida desde las Cortes de Cádiz, ni tampoco cuestionó la propiedad privada de tipo capitalista.

La geografía del carlismo se mantuvo casi inalterable durante el siglo XIX, variando solamente el volumen de sus apoyos. El territorio carlista por excelencia fue en Norte peninsular –País Vasco, Navarra y Cataluña–, apareciendo esporádicamente núcleos en Valencia, Aragón y lo que entocen era Castilla La Vieja.

En el plano militar, la guerra de guerrillas –las partidas– y las insurrecciones en el mundo rural resultaron las formas más típicas de violencia carlista. La independencia y movilidad de las partidas fueron las claves de su éxito, pero también un serio obstáculo para su control, además de una dificultad para su encuadramiento en un ejército regular. Por ello, en determinadas ocasiones, estas partidas derivaban en fenómenos de simple delincuencia o bandolerismo.

En cuanto a su base social, la investigación ha mostrado que los principales apoyos vinieron de sectores eclesiásticos, de la pequeña nobleza o de propietarios ennoblecidos que ejercían su poder –basado en el privilegio– en ámbitos locales o comarcales y que se veían amenazados por algunos mecanismos del liberalismo –desvinculaciones, desamortizaciones, exigencias fiscales o un sistema político representativo a partir de elecciones. Es verdad que también obtuvieron ciertos apoyos entre el campesinado empobrecido de los territorios donde más se difundió, partidario de una economía moral (asociada a las formas económicas tradicionales) que no resultaba compatible con el desarrollo de la propiedad burguesa y de la agricultura capitalista, pero su papel fue secundario.

El movimiento carlista se inscribe perfectamente en el contexto europeo del momento. El combate contra el liberalismo promovía una reacción que tuvo manifestaciones en diversos países europeos: en Portugal, el miguelismo; en Italia, las insurrecciones de Viva María en Toscana y los diversos movimientos de resistencia a la unificación; en Francia, el legitimismo de la duquesa de Berry y el conde de Chambord.

8. Bibliografía

Canal, Jordi (2005). Carlismo y contrarrevolución. La Aventura de la Historia, 77. Dossier El rompecabezas carlista.

Clemente, Josep C. (2011). Breve historia de las guerras carlistas. Madrid: Nowtilus.

Dardé, Carlos (2022). Batallas, asedios y guerrillas. La Aventura de la HIstoria, 282. Dossier La última guerra carlista.

Fernández, J.M.; González, J. ; León, V.; Ramírez, G. (2016) Historia de España. Madrid: Santillana.

Fontana, Josep (2007). La época del liberalismo. Historia de España, vol 6. Barcelona: Crítica-Marcial Pons.

Millán, Jesús (1998). Una reconsideración del carlismo. Ayer, 29.

Rueda, Germán (2022). No solo un problema dinástico. La Aventura de la Historia, 282. Dossier La última guerra carlista.

Rújula, Pedro (1998). Elites y base social: el apoyo popular en la Primera Guerra Carlista. Vasconia, 26, 125-138.

Santirso, Manuel (2022). Renacimiento carlista. La Aventura de la Historia, 282. Dossier La última guerra carlista.

Urquijo, José R. (2005). Orgía de sangre. La Aventura de la Historia, 77. Dossier El rompecabezas carlista.

Las elecciones generales de 1977 en España



Votantes en un colegio electoral. Fuente: El Periódico. https://wordpress.com/post/miradahistorica.net/2809

Con esta entrada inauguramos una serie que pretenderá analizar la evolución del mapa político español desde la Transición hasta 2019. En esta ocasión estudiaremos la conformación del mapa político español en las primeras elecciones generales democráticas (15/06/1977), en las que ya se marcaron unas constantes que tardarían en desaparecer. Es evidente que el tema electoral es una cuestión que enlaza con numerosos aspectos sociales, económicos y políticos, temáticas sobre las que no podemos profundizar en tan breve espacio, aunque sí señalaremos sus principales imbricaciones.

El contexto

El fracaso del gobierno de Arias Navarro para iniciar las reformas necesarias que condujesen hacia un régimen democrático, impulsó al REy a acometer un cambio de gobierno nombrando a Adolfo Suárez presidente de gobierno (5/7/76)

La primera medida política de calado del nuevo presidente se dirigió a legalizar a los partidos políticos, pues sin su concurrencia no puede existir la democracia. En la España que salía de la dictadura no existía ningún partido democrático y homologable a nivel europeo que fuera legal. Para cumplir este objetivo, el primer paso fue la ampliación de la Ley sobre el Derecho de Asociación Política en junio de 1976 (Ley 21/1976). Poco después, en julio de 1976, Adolfo Suárez modificó el Código Penal eliminando los delitos de opinión política, hecho que suprimía las últimas trabas legales para poder legalizar a los partidos políticos.

A principios de abril de 1977 se habían legalizado 115 partidos políticos. Aunque todavía no lo estaban todos: el Partido Comunista de España fue legalizado algo más tarde, a mediados de abril de ese año, debido a la oposición de los sectores inmovilistas del franquismo y de las Fuerzas Armadas. Aún más tarde se legalizaron los partidos republicanos y de la extrema izquierda, lo que les impidió presentarse a las elecciones. Algunos tuvieron que hacerlo mediante candidaturas independientes, sin sus siglas ni símbolos.

Su segunda gran medida reformista fue la aprobación de la Ley para la Reforma Política por las Cortes franquistas (18/11/1976) y su ratificación en referéndum el 15 de diciembre de ese mismo año; el camino para la implantación de un régimen democrático en España estaba abierto. Lo esencial de esta ley era que hacía posible la convocatoria de unas elecciones democráticas así como la creación de un marco institucional y legal para realizarlas. Aunque la oposición democrática rechazó el proyecto por la desconfianza que les inspiraba Suárez, tras su aprobación en referendum parte de ella decidió cooperar con el gobierno en este aspecto.

En esta ley se establecieron las premisas fundamentales para el desarrollo de las elecciones y el nombramiento de diputados y senadores. Entre las decisiones que luego fueron adoptándose destacaremos:

  • Sustitución de las Cortes franquistas por un Parlamento bicameral compuesto de dos cámaras, Congreso y Senado, con 350 diputados el primero y 207 senadores elegibles más 41 que eran nombrados directamente por el Rey el segundo.
  • La elección del sistema D’Hondt como método para asignar los escaños del Congreso. Se trata de un sistema proporcional que tiende a favorecer más a los partidos que ganan en una circunscripción, especialmente en las circunscripciones pequeñas, que también salían favorecidas por el reparto de escaños. Para el Senado se adoptó un sistema mayoritario simple y un mismo número de senadores para cada provincia (4 a excepción de las islas y Ceuta y Melilla).
  • El número de diputados atribuidos a cada provincia, que fue la circunscripción para las elecciones generales, dependía de la población. Una asignación que ha cambiado poco a lo largo del tiempo. Debido a esa atribución resulta más costoso en votos obtener un diputado en las provincias más pobladas que en aquellas más vacías, que se hallaban sobrerepresentadas en relación con su población. Vamos a explicar esto mediante un ejemplo referido a 2019:
    • En Girona un diputado “cuesta” 87.400 votos; en Ávila 45.500 votos y en Madrid 137.000 votos.
  • Por estas razones, un partido con más votos totales a nivel nacional puede tener menos diputados en el Congreso que otro con menos votos totales.
Portadas de diversos diarios del 19 de noviembre de 1976. Fuente: https://cadenaser.com/ser/2016/11/18/politica/1479459818_207348.html

Las elecciones

Nuestro interés se centrará exclusivamente en las elecciones al Congreso, por su mayor importancia política. De la multitud de partidos y alianzas que se presentaron, únicamente 13 formaciones obtuvieron representación parlamentaria. El partido ganador fue la Unión de Centro Democrático (34,4 % de los votos), partido creado apresuradamente por Adolfo Suárez y que agrupaba a formaciones y personalidades que podemos calificar de centro-derecha. El segundo partido más votado fue el PSOE (29,3 %), dirigido por Felipe González, que representaba una izquierda moderada en la acción, aunque más radical en el discurso. A mucha más distancia les siguieron Alianza Popular, una formación heredera en parte de los restos sociológicos del franquismo, que estaba dirigida por Manuel Fraga (8,2 %) y el Partido Comunista de España- Partit Socialista Unificat de Catalunya (9,3 %), dirigido por Santiago Carrillo. El otro gran partido nacional, de ideología socialista, el Partido Socialista Popular, de Enrique Tierno Galván, logró el 4,46 % de los votos. De todos estos grupos, solamente dos siguen existiendo actualmente con las mismas siglas: el PSOE y el PNV.

La presencia de partidos nacionalistas en el Parlamento suponía una continuidad con lo ocurrido durante la Segunda República -caso del PNV o de Esquerra Republicana-. Representaban la proyección política del poder social que ostentaban en sus territorios tradicionales del País Vaso y de Cataluña. Fuera de estas regiones, el peso político y social de este tipo de fuerzas era aún muy reducido, aunque su presencia será una constante durante todo el período democrático. En estas primeras elecciones, los partidos nacionalistas –entendiendo por tales los grupos de la derecha nacionalista: Pacte Democràtic per Catalunya, de Jordi Pujol y Unió del Centre i Democràcia Cristiana de Catalunya (3,75 % de votos totales entre las dos fuerzas), y Partido Nacionalista Vasco, de Juan de Ajuriaguerra (1,62 % en el conjunto, pero el 29,2 % en las provincias vascas)–, lograron respectivamente 11 y 8 diputados.

Menor importancia tendrán los grupos de la izquierda nacionalista –Esquerra de Catalunya, de Heribert Barrera (0,79 % y Euskadiko Ezkerra (0.39 %). Así pues, el peso de todos estos grupos nacionalistas alcanzó el 6,63 % de los votos y obtuvo un total de 21 diputados (un 6,0 % de los escaños), En este caso, la correlación entre votos y escaños era correcta.

Totalmente anecdóticos fueron los resultados logrados por los herederos más recalcitrantes e inmovilistas del franquismo: la Alianza Nacional 18 de Julio, coalición de fuerzas de extrema derecha que no logró ningún diputado (0,37 % del voto). Los partidos y alianzas que se podían considerar como de extrema izquierda: el Movimiento Comunista (0.19 %), la Organización Revolucionaria de Trabajadores (0,42 %) y el Frente de Izquierdas (0,67 %) tampoco lograron obtener ningún diputado y sus porcentajes de votos fueron residuales.

La configuración del mapa político resultante.

El mapa político resultante de estas elecciones mostraba los que se ha denominado “un bipartidismo imperfecto” pues dos grandes partidos o coaliciones –el PSOE y la UCD– lograron el 63 % de los votos y el 83 % de los escaños. Como puede deducirse, es evidente que el sistema D’Hondt favoreció a ambos. Las dos fuerzas políticas ocupaban una posición moderada, tendente al centro, escorada hacia la derecha la UCD y hacia la izquierda el PSOE. Precisamente esa moderación evitó un Parlmento polarizado en dos bloques antagónicos

Elaboración propia

Muy alejados de estos dos partidos se hallaban, en cuanto a resultados obtenidos, las formaciones políticas más representativas de las posiciones tradicionales de derecha-izquierda, opciones con programas más acordes con su origen ideológico: la derecha de AP y la izquierda del PCE-PSUC. Es muy posible que estas formaciones recogiesen el voto más concienciado y militante en sus respectivas posiciones; un porcentaje bajo como mostraron los resultados.

También es digno de resaltar la desaparición del mapa parlamentario de las fuerzas más radicales, tanto de extrema derecha como de extrema izquierda. El resultado de las lecciones propició un Parlamento menos atomizado que el de la Segunda República.

La mayoría de los votantes se situaba en lo que se denomina centro sociológico, tanto en las áreas rurales como en las urbanas. Por ello, se puede afirmar que el electorado optó por las opciones moderadas, aquellas que les conferían mayor seguridad –por el control del Estado una y por el apoyo europeo, principamente alemán, la otra. La seguridad era un elemento importante en aquellos momentos, cuando la democracia se mostraba insegura y el peligro de una regresión autoritaria no estaba descartado; esta misma explicación puede aplicarse a los pobres resultados del PCE, un partido que había liderado la oposición clandestina al franquismo y que no vio recogidos los frutos de ese trabajo. Probablemente, ello se debió a tres factores: el peso de la demonización propagandística llevada a cabo con eficacia por el franquismo, las dificultades para conectar con los sectores más jóvenes y la moderación de su discurso para evitar la amenaza de involución. Tampoco AP logró los resultados previstos; su configuración como partido de la derecha más pura, nutrido con numerosos elementos procedentes del régimen franquista y con un discurso que no supo aproximarse a un ideario democrático, lo distanciaron de la una mayoría de la población que apostaba claramente por la libertad y la democracia.

El resultado supuso un importante respaldo a la idea de una reforma pactada entre el reformismo franquista y las principales fuerzas de la oposición antifranquista. Demostraba igualmente que tanto la ruptura revolucionaria como el inmovilismo franquista contaban con muy escasos apoyos en la sociedad.

Bibliografía.

Elecciones Generales del 15 de junio de 1977. En línea: https://www.historiaelectoral.com/e1977.html Consultado 25/10/2022.

Haro Tecglen, Eduardo (1995). Diccionario político. Barcelona: Planeta.

Hernández, A. y Laíz, C. (2017). Atlas de elecciones y partidos políticos en España (1977-2016). Madrid: Síntesis.

García-Guereta, E. (2017). Las elecciones Generales en España: 1977-2016. Madrid: Ministerio del Interior. En línea: https://www.interior.gob.es/opencms/pdf/archivos-y-documentacion/documentacion-y-publicaciones/publicaciones-descargables/elecciones-y-partidos-politicos/Las_elecciones_generales_en_Espana_1977-2016_126170281.pdf

Núñez Seixas, X. M. (2017) Historia de España. 10. España en democracia, 1975-2011. Madrid: Ediciones Marcial Pons.

Tusell, Javier (2007) Historia de España en el siglo XX. IV La transición democrática y el gobierno socialista. Barcelona: Taurus.

La Ilustración

Autor desconocido,  John Milton (1608-1674) visitando a Galileo Galilei  durante el tour italiano de Milton de 1638-1639 – grabado. Fuente: ...