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miércoles, 9 de octubre de 2024

El maquis: la guerrilla antifascista en España

Introducción.

La Guerra Civil española acabó formalmente el 1 de abril de 1939, sin embargo los enfrentamientos armados no cesaron por completo en esa fecha. A pesar de la enorme desigualdad de las fuerzas implicadas –Ejército franquista, Guardia Civil y Policía Nacional por un lado y unos cuantos miles de combatientes republicanos por otro– los choques prosiguieron alrededor de un decenio más. Se trató, evidentemente, de combates a pequeña escala, escaramuzas, emboscadas, tomas efímeras de pequeños pueblos…, acciones sin capacidad de cambiar el curso de los acontecimientos pero que mostraban la persistencia de una oposición al régimen y una continuidad del conflicto civil.

La guerrilla fue la forma de lucha habitual en estos años. La palabra maquis, de origen francés, también ha servido para designar el fenómeno. Todos los combatientes republicanos de este período fueron guerrilleros; la diferencia de fuerzas ya señalada solamente indicaba la existencia de un choque asimétrico y cuando esto ocurre, el bando más débil recurre a esta forma de enfrentamiento. Pero guerrilla y guerra civil no son hechos diferentes, están intensamente ligados y el primero no se entiende sin el segundo.

Monumento al maquis en Santa Cruz de Moya (Cuenca). Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:1-Santacruz-maquisMonumento_(2014)0011.jpg

Las fechas que acotan el fenómeno estudiado bailan un poco según las fuentes, pero escogiendo las más amplias es posible afirmar que el fenómeno de las guerrillas republicanas apareció en 1939, aunque para otros historiadores lo hizo en 1944, y perduró hasta 1952 en las zonas rurales, alargándose puntualmente hasta 1963 en las ciudades, a donde se trasladó cuando quedó claro que su repercusión social y política quedaba muy limitada si la lucha no salía del mundo rural. El período álgido de sus actuaciones fue el comprendido entre 1945 y 1949. Este aumento de su actividad coincidió con los años en los que el franquismo pasaba sus peores momentos, tanto por las dificultades internas –hambre, racionamiento, falta de recursos económicos, …– como externas –aislamiento internacional y posible invasión aliada de España por sus vínculos con el Eje.

El surgimiento.

Ya durante la guerra, en diversas zonas montañosas, se habían producido combates entre las tropas republicanas, que actuaban como guerrilleros, y el ejército de Franco. Por ello, cuando acabó el conflicto abierto quedaron, en zonas más abruptas y dispersas de la península, varios miles de soldados republicanos que no aceptaron la rendición bien por miedo a las posibles represalias, bien porque pensaban que debían seguir luchando contra el fascismo. A ellos se les sumó pronto un elevado número de huidos, hombres y mujeres, que escaparon para esquivar el fusilamiento, la tortura o la prisión. Estos huidos se incorporaron a la guerrilla como forma de sobrevivir a la amenaza franquista.

Estas estructuras guerrilleras tuvieron un antecedente ya durante el desarrollo de la guerra. El gobierno republicano creó el XIV Cuerpo de Ejército en 1937. Formado por guerrilleros, en realidad lo que hoy llamaríamos fuerzas de operaciones especiales, actuaban en la retaguardia enemiga con la finalidad de crear inseguridad, entorpecer los aprovisionamientos o distraer tropas de los escenarios principales de la guerra. Una vez finalizado el conflicto muchos de estos soldados siguieron actuando igual, convertidos ahora en guerrilleros.

Partida guerrillera formada por mineros en la zona de León. Fuente: https://www.leonoticias.com/

De esta manera fueron gestándose bolsas de resistencia en diversos lugares de la península donde se concentraron los guerrilleros previamente dispersos (ver mapa). Se formaron así las denominadas Agrupaciones guerrilleras, más o menos aisladas geográficamente, pero, como después veremos, casi todas vinculadas al Partido Comunista de España, su principal impulsor junto a algunos grupos libertarios.

El principal sentido del mantenimiento de la guerrilla era su posible coordinación con una virtual invasión de España por parte de los vencedores en la IIª Guerra Mundial. Sin embargo, esa esperanza se frustró ya en 1946 a partir de la denominada «Declaración Tripartita», documento firmado por Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, que condenaba la dictadura franquista y apoyaba una salida democrática, pero negando la vuelta al régimen de la República. De la misma manera, se optaba por descartar totalmente el uso de la violencia. Con ello se condenaba a la extinción a la guerrilla, pues era evidente que, por sí sola, nunca podría acabar con la dictadura.

Por otro lado, en el marco de la política española, el predominio del PCE y su hegemonía en las Agrupaciones guerrilleras era visto con suspicacia por el resto de las fuerzas políticas. Sus llamamientos a la unidad nunca prosperaron pues siempre se supuso que el partido seguía simplemente los intereses de la URSS. Esa renuncia a implicarse en la lucha guerrillera de las restantes fuerzas facilitó que el PCE asumiera tanto la dirección de las Agrupaciones como su defensa política. Posición que se mantuvo hasta 1948, fecha en la que, ya en el marco de la Guerra Fría y del aislamiento del partido por las fuerzas políticas democráticas españolas, renunció a la lucha armada contra el franquismo y optó por la infiltración en las organizaciones civiles del régimen. Se puede afirmar, por tanto, que a partir de 1948 la guerrilla republicana careció de expectativas.

La historiografía ha destacado al menos dos fases en la resistencia armada antifranquista: una primera, denominada de huidos, caracterizada por la formación de pequeñas partidas desorganizadas, y cuyas motivaciones estaban más vinculadas a huir de la represión y lograr la supervivencia que a los planteamientos políticos; y una segunda fase a partir de 1944-45, en la que el PCE intentó organizar a los pequeños grupos dispersos para conferirles unas referencias políticas y unas estructuras de carácter militar.

Partida guerrillera. Fuente: https://www.publico.es/sociedad/franquismo-acabo-partida-guerrilleros-anarquistas-

Mención aparte hay que hacer de su hecho más notorio –ya tratado en otra entrada de este mismo blog: La invasión del valle de Arán– la invasión, fracasada, del valle de Arán (octubre 1944). Las tropas republicanas que actuaron en este hecho provenían de Francia, muchas de ellas curtidas en la lucha de la Resistencia francesa (el maquis) contra los nazis. Esta acción, impulsada principalmente por el PCE, abrió la puerta a la toma del control de las Agrupaciones por parte de este partido, control que mantendría al menos hasta 1948.

El rol de las mujeres en la guerrilla es aún un aspecto que requiere más investigaciones, aunque está fuera de toda duda su participación en la misma. No solían implicarse en los combates pues el PCE consideraba que estas debían desempeñar principalmente tareas de enlace y colaboración. Tareas que eran básicas para el sostenimiento de las agrupaciones e igualmente peligrosas. Un ejemplo fue el encausamiento de 818 mujeres acusadas de colaborar con la guerrilla del noroeste.

Un ejemplo de Agrupación: la AGLA.

De las diversas agrupaciones que surgieron vamos a analizar, como ejemplo, la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), la más poderosa entre 1946 y 1952 aunque con altibajos en su actividad. Fernanda Romeu ha analizado con profundidad la evolución y las vicisitudes de este grupo guerrillero.

Sus orígenes se pueden encontrar en los núcleos de resistencia que surgieron en la zona montañosa del noroeste de la Comunidad Valenciana, Teruel y Cuenca. Un territorio propicio para el desarrollo de las actividades guerrilleras y que, además, estaba relativamente cerca de la frontera francesa. La AGLA se diferenció en su creación de otras Agrupaciones en que surgió sin la existencia de una base previa de huidos, sino que se creó a partir de la llegada desde Francia (1946) de efectivos comunistas enviados con el propósito de activarla. Por esta razón la Agrupación fue la más cercana al PCE y también la que más controlada estuvo por el aparato del partido.

Portada de Mundo Obrero dedicada a la AGLA. (17/04/1948). Fuente: https://albertopan.wordpress.com/tag/mundo-obrero/

Fue una organización dirigida férreamente y se mostró capaz de ejecutar acciones simultáneas y de replegarse con rapidez. No obstante, a pesar de la notoriedad de algunos de sus ataques ­–por ejemplo, el asalto a un tren pagador en julio de 1946–, siempre pesó sobre ella la poca trascendencia mediática de sus ataques, desarrollados en un medio rural poco poblado y cuya difusión era cortada por la censura imperante en todos los medios de comunicación.

Las acciones guerrilleras de la AGLA, que fueron también las típicas de todas las Agrupaciones, se dirigieron principalmente a cubrir cuatro objetivos:

  1. La propaganda. Era frecuente en sus acciones la exhibición de pancartas, banderas, pasquines que daban visibilidad a su lucha.
  2. Los golpes económicos. Atracos, asalto a bancos, comercios, masías, incluso el citado asalto al tren pagador. Su objetivo era recaudar recursos.
  3. Las acciones de castigo –secuestros, fusilamientos, palizas…– Realizadas para infundir miedo o por represalía.
  4. Las acciones de sabotaje. Cortes de vías férreas, de carreteras, descarrilamientos de trenes, voladura de puentes, de instalaciones eléctricas, etc.

A partir de 1948 y debido al cambio en la política que llevó a cabo el PCE, la Agrupación fue disminuyendo sus acciones y perdiendo efectivos. Algunos guerrilleros cayeron en la mera delincuencia, otros se retiraron por su cuenta o fueron evacuados a Francia. Muchos se sintieron abandonados por la dirección comunista.

Conclusiones.

Las Agrupaciones guerrilleras provocaron el desgaste político y militar del régimen franquista, aunque eran incapaces de derrotar al régimen franquista mediante la lucha armada. Su mera presencia rompía también el triunfalismo de la propaganda oficial. Aparte de desmentir la idea de una paz idílica tras la guerra civil, los gobiernos franquistas tuvieron que dedicar bastantes fuerzas, principalmente de la Guardia Civil, pero también del Ejército e incluso de la Policía Nacional para su contención y represión.

No hay que olvidar que la guerrilla, aparte de su componente militar, fue un proyecto político sobre el que se cernió la misma división que ya era evidente al finalizar la guerra civil entre las fuerzas políticas republicanas. Por un lado, los sectores partidarios de la resistencia a ultranza –socialistas seguidores de Negrín, comunistas y algunos republicanos–, por otro los sectores favorables a un final pactado –socialistas, anarquistas, nacionalistas vascos y catalanes y el propio presidente Azaña–. Desde esta perspectiva se comprende que fuese el PCE la fuerza que más apoyó a las Agrupaciones guerrilleras.

Se ha criticado la existencia de la guerrilla considerándola un error táctico basado en un análisis político distorsionado. Se trata, claro, de un análisis a posteriori. Pero se olvida que su aparición fue una iniciativa coherente con la coyuntura histórica y con el movimiento de resistencia antifascista que se extendió por Europa en esos años –Francia, Ucrania, Italia, Balcanes, …

Partida guerrilera antinazi formada por judíos en Lituania (1941). Fuente: https://blog.nli.org.il/en/avengers/

La guerrilla antifranquista fue consecuencia directa de un hecho político: la implantación de una dictadura militar con rasgos fascistas en España. No se trató de una revuelta protagonizada por campesinos, con rasgos primitivos y utópicos. Tampoco su creación respondió a un particular deseo de Stalin. La guerrilla nunca planteó la creación de una república exclusivamente comunista, sino que su proyecto político fue el de la restauración de la República democrática anulada en 1939 –proyecto que inspiraba la política de Unión Nacional del PCE entre 1943 y 1947.

Bibliografía.

Arasa, D. (1984). Años 40: los maquis y el PCE. Barcelona: Argos Vergara.

Arostegui, J. (2008). El último frente. La resistencia armada antifranquista en España, 1939-1952. Madrid: Libros de la Catarata.

Izquierdo, J. M. (2002). Maquis: Guerrilla antifranquista. Un tema en la literatura de la memoria española. Romansk Forum, 16.

Romeu Alfaro, F. (2002). Más allá de la utopía: Agrupación Guerrillera de Levante. Cuenca: Universidad de Castilla La Mancha.

Rodríguez, A. (et.al.) (2020) Dossier Maquis. Guerrilleros contra Franco. La Aventura de la Historia, 260.

Serrano, S. (2002). Maquis. Historia de la guerrilla antifranquista. Barcelona: Booket.

Vidal Castaño, J. A. (2016). La España del maquis (1936-1965). Madrid: Punto de Vista.

Maquis: los últimos guerrilleros | SER Historia | Cadena SER

El maquis, entre el acoso franquista y los conflictos internos (eldiario.es)

https://www.rtve.es/alacarta/videos/la-memoria-recobrada/memoria-recobrada-del-monte/3880657/

La guerra de las Naranjas


El nombre.

El nombre del conflicto proviene de un chascarrillo que tuvo como protagonista a Manuel Godoy. Detenido este en Elvas durante su avance bélico, recibió como obsequio unas naranjas -un fruto exótico entonces- y se las envió a la reina María Luisa, a la sazón su amante, con el mensaje de que iba a tomar Lisboa.  Así, esta anécdota, utilizada como burla por sus opositores, sirvió para dar nombre a la guerra.

El contexto.

La guerra de las Naranjas fue un breve conflicto bélico que, durante 1801, enfrentó a España y Francia, por un lado, y a Portugal por otro.  La guerra ha de situarse en el contexto de las guerras napoleónicas. Bonaparte ya ocupaba el poder efectivo en Francia mediante el cargo de Primer Cónsul y, aunque había firmado la paz con Austria en este mismo año, no ocultaba que una de sus principales intenciones era la creación de un gran imperio europeo que adoptaría la forma de una federación dirigida por él. Este objetivo se enfrentaba al serio obstáculo que representaba la oposición británica al expansionismo francés. Y Portugal era un aliado fiel de Inglaterra por lo que Napoleón determinó la necesidad de doblegarla para que rompiera dicha alianza.

Jacques L. David (s.f.) Retrato ecuestre de Napoleón I Bonaparte.

Por evidentes razones geográficas, España se interponía entre Francia y Portugal. Estaba, por tanto, llamada a desempeñar un papel en cualquier acción que emprendiera Napoleón. Además, en esos momentos, España mantenía una alianza antibritánica con Francia. De hecho desde 1789 la política exterior española había oscilado notablemente en sus relaciones con la nación gala. Primero, tras el desencadenamiento de la Revolución francesa de 1789, la monarquía española inició un ciclo bélico contra los gobiernos revolucionarios franceses que comenzó con el  establecimiento de un cordón militar en la frontera pirenaica para impedir el flujo de las ideas revolucionarias. Estas medidas antifrancesas culminarían en 1793 cuando Godoy –un oficial con escasa experiencia política pero que contaba con el favor de la reina María Luisa– declaró la guerra a Francia tras el ajusticiamiento del rey francés Luis XVI. El principal poder militar de la España de finales del XVIII era su marina de guerra, pero la guerra con Francia debía de ser necesariamente terrestre y el ejército no tenía ni experiencia ni mucha capacidad de combate. Sin embargo Manuel Godoy -valido de Carlos IV- optó por desencadenar el conflicto. La guerra se prolongó hasta 1795, sufriendo España importantes pérdidas territoriales -Figueras, San Sebastian, Bilbao…-. El final de la guerra llegó con la Paz de Basilea (1795) por la que Francia devolvía sus conquistas a cambio de la parte española de la isla de Santo Domingo -actual República Dominicana-, sin embargo  la revolución en Haití  (1791-1804) hizo imposible la plasmación del acuerdo. Esta cesión significaba el inicio del retroceso español en América.

Francisco de Goya (1801) Godoy como general.

A partir de la citada Paz, España cambió su ciclo de alianzas exteriores vinculándose ahora a Francia a través de la firma del Tratado de San Ildefonso (1796). Inmediatamente después comenzó la guerra contra Inglaterra. El enfrentamiento con la potencia inglesa tuvo a la larga unas consecuencias desastrosas para los intereses españoles en América.

La marina inglesa se centró en los ataques al comercio americano: pérdida de la isla de Trinidad y derrota naval del cabo de San Vicente (1797), aunque también se produjeron derrotas inglesas en Cádiz y Santa Cruz de Tenerife. Los desastres diplomáticos y bélicos fueron tan graves que Carlos IV se vio obligado a destituir a Godoy, aunque el valido mantuvo bastante influencia política. La alianza con Francia se mantuvo aún con Godoy fuera del poder. El interés fundamental de Napoléon era afianzar el bloqueo continental contra Gran Bretaña y para ello necesitaba la escuadra española y doblegar a Portugal. Por esta razón obligó a España a declararle la guerra.

El desarrollo del conflicto.

El ataque a Portugal fue una acción conjunta franco-española que estaba prevista en uno de los artículos secretos del Tercer Tratado de San Ildefonso (1800) y que se concretó en el acuerdo del 29 de enero de 1801. En él se aprobó que el monarca español debía proponer determinadas exigencias al príncipe regente de Portugal -su yerno-: la ruptura de su alianza con Inglaterra , franquear sus puertos a los navíos españoles y franceses y entregar a España alguna provincia para compensar la pérdida de Menorca, Malta y Trinidad. Lógicamente el regente portugués se negó por lo que España le declaró la guerra el 27 de febrero de 1801.

Para llevarla a cabo tropas galas penetraron en la península y así 15.000 soldados franceses -que llegaron pocos días antes de iniciarse el conflicto- se sumaron a los 60.000 hombres del ejército español. Para dirigirlos se otorgó a Manuel Godoy el título de Generalísimo, que veía con ello una posibilidad de restaurar su prestigio. Este, a su vez, nombró al general Tomás de Morla como su jefe de Estado Mayor. Las tropas se dividieron en tres cuerpos de ejército: uno situado en el norte, en la línea del Miño,  compuesto por unos 20.000 hombres; otro, el mayor, de 30.000 hombres concentrados en la provincia de Badajoz; y un tercero de 10.000 hombres en el sur, frente a la región portuguesa del Algarve.

Fortaleza de Elvas. Fuente: ttps://hdnh.es/guerra-naranjas/

El ataque a Portugal comenzó el 20 de mayo y el ejército español conquistó mas de una docena de localidades. La fuerza principal avanzó hacia Elvas, mientras otros grupos lo hicieron hacia Campo Maior y hacia Olivenza. La resistencia portuguesa fue mínima y sus escasas fuerzas se rindieron con rapidez en la mayoría de las poblaciones. La mayor oposición se registró en Campo Maior, que fue sitiada y donde las fuerzas portuguesas resistieron durante 17 días y en Elvas, que no fue tomada hasta el final de la guerra.

La paz se firmó en el Tratado de Badajoz (6 de junio de 1801). Portugal aceptó cerrar sus puertos a los buques ingleses, otorgar ventajas comerciales a Francia, ceder Olivenza a España y Brasil a Francia y pagar una indemnización. Como represalia, una fuerza inglesa de 3.500 hombres bajo el mando del coronel Clinton ocupó, con el apoyo tácito de los portugueses, la isla de Madeira, que permaneció en sus manos hasta 1802.La vinculación de Portugal con España y Francia desapareció tras la batalla de Trafalgar (1805) en la que la fuerza naval hispano-francesa fue derrotada por los ingleses. Ello permitió a Portugal restaurar su vieja alianza con Inglaterra.

Territorio portugués cedido a España. Fuente: https://pt.wikipedia.org/wiki/Guerra_das_Laranjas

El conflicto también se desarrolló en América, concretamente en la región situada al norte del actual Uruguay, entre Argentina y Brasil. En esta zona también produjo una modificación de la frontera, en este caso a favor de Portugal.

Las consecuencias.

El viraje portugués hizo que Francia diera por cancelado el Tratado de Badajoz y decidiera invadir Portugal en 1807. En ese año se firmó el Tratado de Fontainebleau entre España y Francia que preveía la partición de Portugal en tres zonas: la parte norte para Napoleón, la zona centro para la casa real portuguesa (Braganza) cuando finalizara el conflicto, y la parte sur para Godoy. Para ello comenzó a trasladar tropas a través del territorio español dando lugar, pocos meses después al inicio de la Guerra de la Independencia entre España y Francia.Las conquistas territoriales provocadas por el conflicto intentaron resolverse en el Tratado de Viena (1817). Se afirmó la necesidad de que España devolviera Olivenza a Portugal. Pero ni España ni Portugal retornaron los territorios adquiridos durante el conflicto: Olivenza, ocupada por los españoles en la península, y Misiones del Este, ocupada por los portugueses en América.

Región de Misiones del Este (Misiones Orientales) ocupada por Portugal. Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/1/17/MisionesJesu%C3%ADticasYProvinciaOriental1811-1819.svg/2560px-MisionesJesu%C3%ADticasYProvinciaOriental1811-1819.svg.png

Bibliografía.

Batista González, J. (2007). España estratégica. Guerra y diplomacia en la historia de España. Silex.

ELICES, R. (2021, agosto 1). Olivenza, la guerra de las naranjas y la cultura de frontera. RTVE.es. https://www.rtve.es/television/20210801/guerra-naranjas-historicos-anonimos/2140505.shtml

Fernández de Pinedo, E., Gil Novales, A., & Dérozier, A. (1980). Centralismo, Ilustración y agonía del Antiguo Régimen (1715-1833). Ed. Labor.

Guerra de las Naranjas (20 de septiembre de 2021). En Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_las_Naranjas

La Guerra de las Naranjas: El conflicto impuesto por Napoleón – Observatorio de Seguridad y Defensa. (s. f.). Recuperado 20 de septiembre de 2021, de https://observatorio.cisde.es/archivo/10106/

Ruiz Torres, P. (2007). Reformismo e Ilustración. Marcial Pons/Crítica.

El Desastre de 1898: continuidades y rupturas en el régimen de la Restauración

Ya tratamos en este blog el tema de la desaparición del imperio ultramarino español (Véase: https://miradahistorica.net/2016/12/01/los-ultimos-de-filipinas/ ), así que ahora nuestro interés se centra en las consecuencias que tuvieron aquellos hechos en la sociedad española. La pérdida colonial conmocionó al país, fue calificada de desastre nacional, y esta visión pesimista ha permanecido vigente hasta hace poco tiempo. Sin embargo, la historiografía más contemporánea ha matizado esa visión aportando otras interpretaciones no tan tremendistas.

Los problemas coloniales, especialmente en Cuba, se arrastraban desde los inicios del Sexenio Democrático (1868-1874), pero fue en la década final del siglo XIX cuando los movimientos emancipadores cubano y filipino cobraron mucha fuerza en un contexto internacional propicio para ello:  la creciente competencia imperialista y el expansionismo de Estados Unidos se sumaban a los errores de la política colonial española.

El contexto político

La Guerra de los Diez Años (1868-1878), entre España y fuerzas independentistas cubanas, ya había mostrado que la dominación española de Cuba no podía continuar imperturbable. Desde 1893 la política colonial de los gobiernos españoles mostraba su incapacidad de afrontar los problemas derivados del modelo de dominio. Los intentos reformistas y descentralizadores en Cuba y Filipinas llegaban demasiado tarde y ni siquiera fueron aprobados por las Cortes.

Madrid (calle de Alcalá) en 1898. Hauser y Manet. Museo Municipal de Madrid. Fuente: http://www.viejo-madrid.es/paginas/s_XIX/S_XIX-115.html

Puerto Rico no planteaba graves problemas porque en 1872 se había aprobado la autonomía, había sido abolida la esclavitud (1873) y la economía registraba cierto crecimiento. Además, la dominación española era más efectiva ya que se ejercía a través de una élite económica poderosa que controlaba los movimientos emancipadores de base popular.

Por contra, en Cuba, las reformas fueron mas complicadas. La esclavitud se abolió más tarde, en 1886, con la oposición de algunos grupos económicos. Las reformas administrativas propuestas por Antonio Maura fueron rechazadas en las Cortes por «antipatrióticas», provocando la crisis del gobierno liberal y su dimisión. Los sectores»españolistas» de la isla lograron frenar las intenciones de otorgarle cierto grado de autonomía. Esta intransigencia favoreció el crecimiento del movimiento independentista, vertebrado por el Partido Revolucionario Cubano, creado por José Martí en 1892.

De esta manera, los actores políticos cubanos se dividieron en tres corrientes bien definidas:

  • Los españolistas, partidarios de una unión de tipo colonial con la península.
  • Los autonomistas, que defendían la españolidad de la isla pero también le reconocían una identidad propia. Solicitaban una administración  vinculada al gobierno español pero con algunas concesiones como el derecho de autodeterminación. Su principal representante fue el Partido Liberal Autonomista liderado por Rafael Montoro y Rafael María de Labra.
  • Los independentistas, representados por el Partido Revolucionario Cubano de José Martí

El caso de las islas Filipinas era diferente por la escasa presencia española y su lejanía geográfica. No obstante, al igual que en Cuba, la ausencia de reformas fue generando un movimiento emancipador creado por mestizos: la Liga Filipina (1893), dirigida por José Rizal, que se fue radicalizando gracias a la errónea actuación del gobernador. Las reformas propuestas por Maura también llegaron tarde.

El conflicto que acabó significando la pérdida de las últimas colonias ultramarinas españolas tuvo dos fases bien definidas. La primera se inició en 1895, con una insurrección nacionalista en Cuba que provocó la última guerra entre el ejército español y los insurgentes cubanos y que perduraría hasta 1898. La segunda fase se produjo en 1898 cuando Estados Unidos intervino en el conflicto; se desencadenó entonces la guerra hispano-norteamericana.

Las causas del conflicto con Estados Unidos

Las razones de Estados Unidos para intervenir en la colonia eran de diversa índole:

  • La existencia de una larga tradición política –la denominada doctrina Monroe– que reivindicaba la influencia de Estados Unidos en todo el Caribe y América, de la cual ya había dado señales con los intentos de comprar Cuba a España. Este interés se sitúa en el contexto de la expansión imperialista norteamericana por América y Asia –no perdamos de vista Filipinas.
  • La ayuda de Estados Unidos a los insurgentes cubanos había sido constante desde 1896. Las reformas introducidas por el gobierno de Sagasta en 1897 no bastaron al presidente norteamericano, el republicano McKinley, partidario de la compra o de la anexión. En definitiva, las intenciones de Estados Unidos estaban claras.
  • En febrero de 1898 la explosión del acorazado norteamericano Maine, atracado en el puerto de La Habana, produjo 266 víctimas. Este fue el pretexto para la declaración de guerra a España el 25 de abril de 189
The Maine entering Harbor of Havana. January 1898. Fuente: https://ca.wikipedia.org/wiki/USS_Maine

Como afirma Javier Tusell de los numerosos conflictos internacionales que se produjeron en todo el mundo al final del siglo XIX, el que enfrentó a Empaña con Estados Unidos fue el único que acabó en guerra, pues en los restantes se produjo siempre la retirada del contendiente más débil.

Hoy está fuera de toda duda que la explosión del Maine fue accidental, pero los norteamericanos lograron imponer las conclusiones de su investigación que la atribuían a una mina externa, un acto de sabotaje en suma; la comisión española lo atribuyó a un accidente. Su relato de los hechos convenció a la opinión pública norteamericana de la necesidad de responder y favoreció la estrategia intervencionista del gobierno del presidente McKinley . Como hemos dicho ya, el 25 de abril Estados Unidos declaró la guerra a España.

El incidente del acorazado Maine fue solamente el «casus belli», las causas de la guerra fueron otras. Las empresas azucareras cubanas había creado unas sólidas relaciones comerciales con Estados Unidos, vinculando la isla con la economía norteamericana. Vínculos comerciales que hubieses sido más intensos si no hubiese sido por la política  económica proteccionista que imponía el gobierno español y que perjudicaba los intereses de la isla. Además, los revolucionarios cubanos recibían también apoyo material estadounidense, sobre todo tras la dura política del general Weyler en la isla. Igualmente, el papel político y diplomático de España se debilitó al rechazar la oferta de mediación estadounidense y mostrar una imagen de intransigencia que le perjudicó internacionalmente.

En los meses anteriores a la guerra se desarrolló en Estados Unidos una campaña periodística antiespañola que respondía ya a lo que iba a ser el periodismo de masas, de tipo sensacionalista, típico del siglo XX y en la que destacaron figuras como J. Pulitzer o W. R. Hearst. Campaña que continuó hasta el final de la guerra.

Caricatura publicada el 11 de marzo en el Hot Springs Weekly Star. El Tio Sam riñe al personaje español. Fuente: https://jrmora.com/en/the-1898-spanish-american-war-in-cartoons/

Los gobiernos españoles tomaron conciencia de la gravedad del problema, pero no fueron capaces de hallar una solución alternativa a la guerra. En febrero de 1898, Estados Unidos ofreció a España 300 millones de dólares –una cantidad importante– por cederle la isla, pero ningún partido  aceptó la oferta. La oposición política y popular al abandono de Cuba era muy fuerte.  Las élites políticas españolas prefirieron una derrota militar, que habían asumido,  antes que una cesión política que podría hacer caer a la monarquía y al mismo régimen de la Restauración. Tampoco ninguna de las grandes potencias europeas quiso apoyar la posición española y enfrentarse a la nueva potencia imperialista emergente.


En la península, la oposición a la guerra era minoritaria pues solamente republicanos y socialistas su crítica. Las muestras de patriotismo se extendieron por España, apoyadas en la prensa –al igual que en Estados Unidos– y en los púlpitos.

Dibujo satírico antiestadounidense publicado en el semanario catalán La Campana de Gracia en 1896. Fuente: https://www.abc.es/historia/abci-leyenda-negra-propagada-eeuu-sobre-espanoles-depravados-guerra-cuba-201908042313_noticia.html

La guerra

Contra lo esperado, la guerra comenzó en el Pacífico cuando los buques norteamericanos atacaron a los españoles en la bahía de Cavite. El enfrentamiento acabó con el desmantelamiento de la flota española del Pacífico. Este hecho demostraba que el presidente McKinley quería tenía una estrategia para controlar estratégicamente  el océano Pacífico, donde ya poseía Midway, Wake y Guam. En las  Antillas, la confrontación también fue esencialmente naval, arma en la que superioridad norteamericana era incuestionable. El resultado de esta diferencia  fue la grave derrota de Santiago de Cuba, que dejaba la isla sin defensa naval. Las diferencias entre ambas flotas eran enormes. El tonelaje total de los buques españoles representaba la mitad de los norteamericanos y además, nuestros barcos eran más antiguos y disponían de menos blindaje.

La guerra concluyó mediante el Tratado de París (10 de diciembre de 1898) por el que España reconocía la independencia de Cuba y cedía Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam a los Estados Unidos, a cambio de una compensación de 20 millones de dólares. A finales de febrero del año siguiente España concedió las islas Carolinas, las Marianas (menos Guam) y las Palao a Alemania, a cambio de 25 millones de dólares. Con ello quedaba liquidado el Imperio ultramarino español que pasaba a manos de las grandes potencias imperialistas del momento.

A pesar de la derrota, el esfuerzo militar realizado por España fue muy considerable y recayó, especialmente, sobre las clases populares que fueron las que aportaron los contingentes militares necesarios. Se movilizaron unos 250.000 soldados y se padecieron unas 60.000 bajas, la mayoría por malaria y fiebre amarilla.

Las consecuencias del Desastre.

La derrota reconfiguró la posición española en las relaciones internacionales. El abandono de las preocupaciones en América y en el Pacífico concentró los intereses españoles en su entorno europeo, alineándose con Francia y Gran Bretaña en la política imperialista en el norte de África y el Mediterráneo occidental. España tomaba conciencia de su nuevo rol de potencia secundaria y se centraba en sus intereses geopolíticos más cercanos impulsada por el imperialismo dominante en esa coyuntura. Buscó entonces asegurar y expandir sus posesiones coloniales  en África:

  • Territorios enclavados en el norte marroquí, en la región del Rif, que en 1913 darían lugar al Protectorado español de Marruecos.
  • Región de Ifni, reconocida por Marruecos como española desde 1860, aunque sin ocupación efectiva hasta 1934.
  • Sahara Español, territorio creado a partir de la zona de Rio de Oro (1885) al que se fueron añadiendo otras zonas hasta configurar el mapa conocido.
  • Guinea Española, cuya colonización se había iniciado en 1885 a partir de la Conferencia de Berlín.
Posesiones españolas en África en 1914 (círculos negros). Fuente: https://elordenmundial.com/mapas-y-graficos/reparto-colonial-africa/

El regeneracionismo.

El entusiasmo bélico se transformó pronto en un pesimismo generalizado provocado por la conciencia de la debilidad imperial de España. Sin embargo, el objetivo fundamental que era el mantenimiento del régimen monárquico para alejar, con ello,  posibles peligros revolucionarios como los producidos en el Sexenio o en la Comuna parisina, no tan lejanos en el tiempo, se cumplió totalmente. Desde esta perspectiva, el régimen se mostró eficaz a la hora de asumir las consecuencias de la derrota y, especialmente, las posibles consecuencias desastrosas –económicas y políticas– de una guerra prolongada.

La única novedad política que aportó  la derrota fue la reflexión sobre la cuestión nacional. Por un lado, resulto evidente la necesidad de profundizar en un proceso renovado de nacionalización de los españoles, apoyada por intelectuales y políticos. Pero, por otro lado, surgieron paralelamente los regionalismos periféricos.

Con el objetivo de renovar la nación y su régimen político fue surgiendo un movimiento intelectual –Ricardo Macías Picabea, Luis Morote, Rafael Altamira, Joaquín Costa,…– y después político, que tenía como objetivo la mejora y modernización de la nación mediante propuestas diversas: a esas propuesta se las denominó regeneracionismo. Fue un examen de conciencia realizado por intelectuales y políticos en el cambio de siglo, y cuyos ejes fueron: la dignificación de la política, la modernización social y la superación del atraso cultural y científico. Sus defensores más activos fueron los políticos Antonio Maura, Francisco Silvela y José Canalejas.

Victoriano Balasanz (1918) Retrato de Joaquín Costa. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Regeneracionismo

En marzo de 1899 se formó un gobierno presidido por Francisco Silvela y el general Polavieja como ministro de la Guerra. Ambos pretendían regenerar el país pero sin modificar el sistema político de la Restauración –es decir sin reformar la Corona, los partidos o el ejército. Aún así se aprobaron algunas reformas en la Hacienda, el Ejército y la organización territorial. Pero el gobierno regeneracionista acabó disolviéndose en diciembre de 1900, mostrando la incapacidad del sistema para evolucionar. Y, aunque otros gobiernos posteriores intentaron implantar algunas medidas, estas no fueron suficientes para impedir un lento desgaste del régimen que acabaría implosionando primero en la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y luego, y definitivamente, en la Segunda República (1931)

Los beneficios económicos del Desastre.

En el plano económico, el desastre no fue tal.  Solamente la producción textil, esencialmente localizada en Cataluña, se resintió de la pérdida de los mercados coloniales. Pero la derrota impulsó la repatriación de numerosos capitales españoles que revitalizaron algunas regiones y sectores económicos. Se calcula que fueron repatriados unos dos mil millones de pesetas –lo mismo que había costado la guerra–; con este dinero se fundaron bancos como el Banco Hispano Americano, el Banco de Vizcaya y el Banco Español de Crédito, se invirtieron en minas e industrias metalúrgicas, principalmente en la franja cantábrica, sectores químicos y eléctricos. En suma esta inyección de dinero permitió sostener un crecimiento económico constante que se puede vincular con la segunda revolución industrial y que se vio favorecido por la aplicación de políticas proteccionistas que beneficiaron a los principales sectores productivos.

Sede central en Madrid del Banco Hispano Americano (1905), proyecto de Eduardo de Adaro. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Banco_Hispano_Americano_(Madrid)_01.jpg

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