La historiografía denomina República de Weimar al periodo de la historia de Alemania comprendido entre 1919 y 1933, año en el que Hitler anuló la democracia e impuso su dictadura. No obstante, su nombre oficial siempre fue el de Reich Alemán.
El calificativo proviene del hecho de que en la ciudad de Weimar se aprobó, el 11 de noviembre de 1919, la Constitución que regiría la nueva república con la que finalizaba el IIº Reich (1871-1918). Este nuevo Estado surgía como una república parlamentaria, democrática y con rasgos sociales muy avanzados para su época. De hecho, creó la base para el primer Estado de bienestar del mundo.
Proclamación de la República frente al Reichtag (noviembre 1918). Fuente: https://www.laaventuradelahistoria.es/republica-de-weimar-el-laboratorio-de-europa
La Constitución representó un cambio muy profundo en los rasgos que habían caracterizado la Alemania de Bismarck y de Guillermo II porque rompió los principales pilares políticos que sustentaban el modelo imperial.
Aunque dotada de una nueva estructura política, Alemania padeció una serie de graves problemas –las reparaciones de guerra y la galopante hiperinflación, los conatos revolucionarios, las intentonas golpistas, los efectos de la crisis del 29…– que la mantuvieron, durante casi todo el período, en una estabilidad precaria, siempre al borde de la crisis final, que llegó con el ascenso del nazismo.
Cronología del período.
La república fue dirigida por una alternancia de partidos moderados que, a menudo, gobernaron coaligados: SPD (socialdemócrata), Partido Demócrata (DDP, centro), Zentrum, Partido Popular Alemán (DVP, liberal) y el Partido Popular de Baviera (BVP, católico y conservador) y el Partido Nacional del Pueblo Alemán (DNVP, de fuerte conservadurismo) cuya actuación, a pesar de las dificultades, logró articular un Estado constitucional.
Como en otras ocasiones en la historia, este período crítico y convulso generó, sin embargo, una etapa de esplendor cultural que se manifestó en todas las artes, pero especialmente en el cine, las artes plásticas y la arquitectura.
La conmoción de la derrota.
El reconocimiento de la derrota impactó enormemente en una sociedad que se mantenía engañada con las promesas de victoria difundidas por la propaganda oficial. El Tratado de Versalles (28 de junio de 1919) se basó en el principio de la culpabilidad de Alemania y le impuso un severo castigo que afectó a diversos ámbitos.
Territorial: las cláusulas territoriales amputaron diversas regiones del territorio alemán, reduciendo su superficie y su población (el 13 % del primero y un 10 % de la segunda). Además, el territorio de Prusia oriental quedó desgajado del resto de Alemania, mientras que la región del Sarre pasó a ser administrada por la Sociedad de Naciones durante 15 años. De la misma manera, Alemania perdió todos sus territorios coloniales.
Pérdidas territoriales de Alemania. Fuente: La Aventura de la Historia.
Reducción del ejército a 100.000 efectivos, sin posibilidad de realizar nuevos reclutamientos. La Armada perdió todos sus grandes buques, quedando reducida a una fuerza costera y la aviación desapareció.
Pago de indemnizaciones, que ascendían a 269.000 millones de marcos oro –equivalentes a unos 33.000 millones de euros actuales. Los pagos de las enormes reparaciones y las pérdidas de importantes recursos económicos redujeron la producción y acabaron provocando una hiperinflación que castigó duramente a la población. Los pagos de las indemnizaciones se prolongaron hasta 2010.
La acusación de culpabilidad y el castigo impuesto nunca fueron comprendidos por la sociedad alemana, que se sintió maltratada y humillada. Se habló de un "diktat", una paz impuesta por la fuerza y no un tratado. Durante toda la República la derecha utilizó esta cuestión como un punto de encuentro para reforzar el nacionalismo alemán.
Este tratado y sus consecuencias --más pobreza, grandes dificultades económicas, sensación de vulnerabilidad-- generó una amargura colectiva que permaneció latente durante todo el período republicano y que el partido nazi supo aprovechar para lograr ampliar su apoyo social.
La pérdida de su imperio, y con él de la misma monarquía, representó otra faceta de la crisis general. La rapidez del proceso para sustituir la monarquía por una república influyó en algunas de las debilidades de la misma.
El contexto histórico de la creación de la República.
Desde finales del siglo XIX, Alemania había vivido una serie de cambios sociales y económicos muy significativos. La industrialización había generado una burguesía poderosa que ganaba influencia en las esferas del poder político. Paralelamente, las clases trabajadoras también crecían, especialmente los obreros industriales, conformando un potente movimiento obrero. Este movimiento, no obstante, se había dividido como consecuencia de la Revolución Rusa de 1917 al aparecer una facción bolchevique –Liga Espartaco o espartaquistas– en el seno del partido socialdemócrata. Esta división polarizó Alemania política y socialmente, pues las clases medias eran poco numerosas y carecían de influencia política.
Cuando la derrota comenzó a ser evidente, las protestas se generalizaron –demandando la paz a cualquier precio y la reforma del régimen político–. Por otra parte, aparecieron consejos de obreros y soldados que imitaban el modelo bolchevique y que se hicieron con el control de muchas ciudades; paralelamente se produjo la insurrección de los marineros en Kiel (3 y 4 de noviembre). El descontento crecía y la demanda de abdicación del Káiser se extendía por toda Alemania: la posibilidad de una revolución era palpable.
Finalmente, el 9 de noviembre Guillermo II anunciaba su abdicación. El Imperio alemán se derrumbaba con rapidez. Representaba el fin de un orden tradicional que se estaba derrumbando también en otros lugares de Europa –Rusia, Austria-Hungría, …–. Desaparecidos el Imperio y la monarquía, había que decidir qué sistema político los sustituiría.
El último canciller imperial, Max von Baden, había transferido el cargo al socialdemócrata Friedrich Ebert. La primera intención de este fue frenar la deriva revolucionaria y formar un gobierno con los partidos mayoritarios en el antiguo parlamento del Reich, pero eso ya no era posible y tuvo que contar con otras fuerzas más a la izquierda como los Socialistas Independientes (USPD).
Friedrich Ebert. Fuente: Wikipedia
Los grupos más revolucionarios, pequeños pero muy activos, propusieron realizar una revolución al estilo bolchevique, siguiendo el modelo de Rusia, y pidieron el traspaso del poder a los consejos de obreros y soldados. Este movimiento fue abanderado por los líderes de la Unión Espartaquista, grupo que formaba parte del USPD y que estaba liderado por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.
La amenaza de una revolución bolchevique suscitó una fuerte reacción defensiva, no solo entre las élites y las clases medias, sino también entre la izquierda moderada. Para Ebert era prioritaria la necesidad de mantener el orden, así como la continuidad de la administración del Estado. No contemplaba la opción de seguir el modelo ruso que imposibilitaría cumplir las condiciones impuestas por las potencias aliadas en el armisticio del 11 de noviembre. Y también sabía que volver a una economía de paz y desmovilizar a millones de combatientes requería un enorme esfuerzo organizativo que solamente un Estado eficaz podía realizar.
Inmediatamente, pactó con el ejército una serie de temas. Ambos estaban de acuerdo en la necesidad de mantener el poder del Estado y evitar la revolución. Casi al mismo tiempo, el 15 de noviembre, se firmó un acuerdo entre la patronal siderúrgica y los representantes de sindicalismo socialista; en él se ofrecían concesiones como la jornada de ocho horas y el subsidio de desempleo a cambio de la renuncia a la socialización de las fábricas.
Las maniobras para asentar el nuevo régimen se completaron cuando el gobierno aprobó la convocatoria, para el 19 de enero, de unas elecciones constituyentes con un sistema de elección proporcional y la aceptación del voto femenino por primera vez. Este hecho significaba el arrinconamiento del sistema de consejos, lo que provocó el abandono del gobierno del USPD y su ala más radical fundó el KPD (Partido Comunista Alemán) --1 de enero de 1919--. El 5 de enero este grupo y otras pequeñas formaciones obreras revolucionarias organizaron una insurrección armada en Berlín con la intención de derribar al gobierno e impedir las elecciones del 19 de enero.
El gobierno socialdemócrata, en respuesta, recurrió al ejército y a grupos de trabajadores y estudiantes armados, así como a las unidades de los Freikorps --grupos formados principalmente por excombatientes que odiaban la revolución y mantenían la creencia de que habían sido los políticos los culpables de la derrota--. La violenta represión que estos grupos desataron –personificada en los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht-- indignó a muchos ciudadanos.
Las acciones del ejército y de los Freikorps, primero por iniciativa del gobierno socialdemócrata y luego por la suya propia, utilizando las armas para combatir a los bolcheviques, anunciaban uno de los futuros frentes de oposición a la República. En esta misma línea opositora reaccionaria hay que situar el fallido intento de golpe de Estado de Kapp (1920).
La radicalización que había impulsado la intentona revolucionaria no se reflejó en las elecciones de enero de 1919. El SPD mantuvo su predominio con el 38 % de los votos, mientras que el USPD sólo obtuvo el 7,6 %. Sin embargo, la mayoría en la Asamblea la tenían los partidos burgueses: los católicos del Zentrum (19,7 %), los liberales del DDP (18,5 %) y los nacionalistas del DNVP, un partido recién formado y de ideología conservadora y antisemita (10,3 %).
Resultados electorales durante la República de Weimar. Fuente: Wikipedia.
El 6 de febrero la Asamblea Nacional se reunió en Weimar y Friedrich Ebert fue elegido primer presidente de la República. Enseguida encargó la formación de un gobierno de coalición formado por los socialdemócratas, los católicos del Zentrum y los liberales del DDP, un reflejo del compromiso entre los socialdemócratas y los partidos burgueses por crear las estructuras del nuevo Estado.
Las elites dominantes en Alemania lograron, a pesar de los dos meses de disturbios, protestas e insurrecciones, conservar importantes resortes en el poder militar, judicial y burocrático y, desde esas posiciones, intentaron anular todas las concesiones que se vieron obligadas a hacer tras el hundimiento del orden monárquico. La ruptura violenta con el pasado no pudo ser en un país que contaba con importantes fuerzas conservadoras, que serían las que acabarían con la democracia catorce años después.
Levantada sobre las cenizas de la derrota militar, la República vivió siempre con la pesada carga de suceder a un Imperio derrotado y con el trauma de la represión sangrienta de la revolución.
La Constitución de 1919.
La nueva Constitución entró en vigor en agosto de 1919. Diseñaba un Estado democrático y social, organizado territorialmente en 17 regiones o länders que asumían bastantes competencias en aspectos como la educación, la policía, la justicia o la sanidad. El presidente de la República y el del Parlamento debían ser elegidos por sufragio universal, mientras que al canciller lo elegía el Parlamento.
La Constitución aportó otras novedades reseñables: concedió el voto a las mujeres, y de hecho 41 de ellas fueron elegidas para el nuevo Parlamento –de un total de 423 escaños. Así mismo, el texto optaba por una representación proporcional, lo que beneficiaba a los partidos pequeños y favorecía los gobiernos de coalición, aunque también introducía un elemento de inestabilidad política.
La República de Weimar, que arrancó como una esperanza democrática para acabar con el autoritarismo del segundo Reich y una salida para la debacle de la derrota, acabó fracasando por diversas razones. Unas son intrínsecas a una filosofía constitucional que favorecía la inestabilidad política, constante de todo el período. Igualmente, la incapacidad de gran parte de la sociedad alemana para asumir la derrota convirtió a todos los gobiernos en sospechosos de traición, cuestión que minaba su legitimidad ante ciertos grupos de presión --antiguas élites políticas, ejército, policía, funcionarios…--. Por su parte, los nuevos partidos de izquierda y derecha demostraban que su afección a la República era débil y que estaban dispuestos a sustituirla recurriendo incluso a métodos violentos.
Es cierto también que los gobiernos republicanos tuvieron que enfrentarse a períodos de graves crisis económicas (1919-1924; 1929-1933) y que, a veces, no supieron conectar con las preocupaciones cotidianas de unos ciudadanos que padecían el paro y la pauperación económica, incluida la clase media. Ello alejó a diversos sectores sociales de la República. De hecho, el final del régimen se vincula con la crisis económica que comenzó en 1929; el aumento de los antagonismos sociales y el cambio en el modelo económico -de un capitalismo liberal a otro marcado por el intervencionismo del Estado- rompieron las bases del mínimo consenso político que sustentaba la República. En los años finales, el panorama político se radicalizó orientándose o bien hacia el comunismo o bien hacia el nacionalismo. El auge de este último de la mano del nazismo acabó destruyendo el régimen de Weimar.
Billete de 500.000 marcos en 1923. Fuente: La Aventura de la Historia
Algunos historiadores han subrayado la existencia de paralelismos entre la situación general de los años treinta en Europa, y también en Alemania, y la situación generada a partir de la Gran Recesión iniciada en 2008 y agravada en 2020 con la pandemia de la COVID-19. Las semejanzas se refieren principalmente al hecho de que la crisis económica ha generado la aparición de populismos o de movimientos antiliberales que cuestionan los sistemas democráticos y el Estado de derecho y que se nutren del declive de la calidad parlamentaria, de la desafección por la política tradicional, del papel de la desinformación, de las pulsiones autoritarias y del auge de los nacionalismos...-. Todos ellos son paralelismos evidentes pero las circunstancias no son las mismas. No siempre unas circunstancias parecidas producen efectos idénticos, por tanto, la historia no se repite. Pero algunos paralelismos son inquietantes.
Entre 1928 y 1932 el NSDAP (Partido Nazi) adoptó una táctica de acceso al poder del Estado sostenida en dos elementos antagónicos éticamente pero que finalmente lograron el objetivo que los guiaba. Estos dos elementos fueron, por un lado, la participación en el juego electoral democrático presentándose a las diversas elecciones convocadas y, por otro lado, el mantenimiento de la presión y la violencia en las calles, especialmente mediante la utilización de la fuerza paramilitar del partido: la Sturmabtleilung o SA.
La República de Weimar había logrado pervivir durante toda la década de los años veinte tras superar sus primeras y graves crisis (ver entrada El surgimiento de la República de Weimar). No obstante, persistieron diversos problemas estructurales que, de formas diversas, contribuyeron a mantener el debilitamiento del sistema político. Por ello, la supervivencia de la república tuvo un mérito especial dado además el contexto internacional, caracterizado por el avance del autoritarismo en Europa y por el impacto de las crisis económicas de 1920-21 primero y, ya al final del período de Weimar, la Gran Depresión de 1929.
Política y elecciones.
Durante la década de los años veinte el modelo de gestión política más común en Alemania fue el de los gobiernos de coalición. Los tres grandes partidos moderados –el Zentrum , el Partido Democrático (DDP) y el Partido Socialdemócrata (SPD)– formaron coaliciones entre ellos, especialmente hasta 1925, o con otros partidos más pequeños –BVP (Partido Popular de Baviera), KVP (Partido Conservador del Pueblo) y LV (Partido Campesino Alemán)– ya en la segunda mitad de la década. Se puede afirmar que hasta 1928 la política tuvo un cariz más progresista mientras que en sus años finales fue más conservadora.
Los gobiernos de la Gran Coalición ⎼SPD, Zentrum y DDP⎼ desparecieron en 1930, cuando la última coalición estaba presidida por el socialdemócrata Hermann Müller que dimitió en ese año. Desde entonces ningún partido contaría con una mayoría suficiente para formar ejecutivos estables, iniciándose un período de bloqueo parlamentario que perduraría hasta 1932. Ello significó el inicio del desmoronamiento de las estructuras civiles del Estado pero no del Ejército que, mediante las maniobras políticas de su jefe, el general Schleicher, pasó a desempeñar un relevante papel en el escenario político a través de su influencia sobre el presidente Hindenburg. Para subsanar el vacío de gobierno producido tras la dimisión de Müller, el presidente se apoyó en una prerrogativa constitucional que le permitía nombrar canciller aún sin que este tuviera mayoría parlamentaria, y así nombró canciller a Heinrich Brünning, un político del Zentrum que solamente permanecería en el poder dos años (marzo de 1930- mayo 1932). Su sucesor, Von Papen, también del Zentrum, (canciller entre junio de 1932 y diciembre de 1932) se enfrentaría a los mismos problemas, optando ambos por gobernar mediante decretos ante la paralización parlamentaria. la brevedad de sus mandatos indica su fracaso.
La obsesión del presidente y de los líderes militares y políticos derechistas por contener lo que se consideraba la amenaza comunista y su negativa a incorporar al SPD al gobierno les llevo a infravalorar el peligro que realmente representaba el nazismo para el sistema democrático. También los socialdemócratas cometieron el mismo error al mostrase reticentes a cualquier colaboración.
Paralelamente el NSDAP fue ascendiendo electoralmente en las sucesivas elecciones y ganó respetabilidad política al respaldar algunos de los frecuentes gobiernos en minoría. En 1931 Hitler declinó la oferta para entrar en un gobierno de coalición; su pretensión era dirigir el gobierno y para ello pretendía forzar otras elecciones.
En las elecciones de julio de 1932 los nazis pasaron del 18 % de los votos que habían obtenido en 1930 al 37 %. Fue el partido más votado, pero no logró la mayoría absoluta. El NSDAP realizaron una campaña electoral basada en promesas vagas pero con una retórica potente que sabía utilizar los nuevos medios de difusión, en especial la radio. Su mensaje se fundamentaba en difundir la idea de una Alemania fuerte y unida mediante la creación de un nuevo Reich, organizado a partir de la base ideológica contenida en Mein Kampf. El ideario del nazismo era evidente: creación de un poder dictatorial, rearme, guerra, creación del «espacio vital» y aniquilación de los judíos.
Hitler seguía negándose a cualquier alianza con los partidos conservadores. Ante el bloqueo parlamentario Von Papen –líder del Zentrum–, aún canciller gracias a Hindenburg y a Schleicher, disolvió el parlamento y convocó nuevas elecciones para noviembre de ese mismo año. Aunque el NSDAP bajó en porcentaje de voto, siguió siendo el partido más votado. El Reichtag resultaba inmanejable con la presencia de 196 diputados nazis y 100 comunistas, enemigos irreconciliables pero decididos ambos a acabar con un sistema democrático que despreciaban. Las elecciones no habían servido para nada.
El fracaso de Von Papen impulsó a Hindenburg a destituirlo como canciller siendo sustituido por el general Schleicher sin tener en cuenta al Reichstag. Este intentó atraer a los nazis para que apoyasen su gobierno pero no lo consiguió. Además la oposición del gran empresariado a algunas de sus medidas para reactivar la economía –reforma agraria, prohibición de recortar los salarios,…–, consideradas como demasiado izquierdistas, le privó del apoyo de la derecha política. Finalmente Hindenburg destituyó al general el 30 de enero de 1933 y nombró a Hitler canciller del Reich.
En las elecciones de marzo de 1933, con Hitler ya en el poder, el NSDAP volvió a ganar con el 43,9 % de los votos pero el resultado tampoco sirvió a los nazis para lograr la mayoría absoluta. Las elecciones no se celebraron en un marco de libertad total; la atmósfera social y política alcanzó elevadas cotas de violencia y los nazis recurrieron tanto a la financiación estatal para realizar su campaña como a la intimidación callejera y el acoso principalmente a los candidatos de la izquierda. En este contexto tuvo lugar el incendio de la sede del Reichtag, hecho que fue utilizado para legitimar la represión de los opositores. Fueron estas las últimas elecciones que se celebrarían en la República de Weimar.
Incendio del Reichtag (27-2-1933). Fuente: La Vanguardia.
La crisis social.
Los efectos del crack de 1929 sobre economía alemana fueron devastadores. El paro aumentó con fuerza, especialmente en las zonas industriales. Aunque los trabajadores fabriles fueron los más afectados, también las clases medias –empleados, funcionarios, oficinistas…– se vieron muy afectadas. Los datos son explícitos: en 1931 había ya más de 5 millones de parados, un año después se alcanzaba la cifra de 6 millones –otros historiadores elevan la cifra a 7 millones–. Y los que conservaros sus trabajos vieron cómo sus salarios se reducían.
El sistema de seguridad social implantado en Alemania en 1927 no preveía tener que proteger a tantos desempleados por lo que muchos parados se quedaron sin protección alguna. La renta nacional descendió un 39 %. En este contexto, los dos partidos que representaban los extremos políticos fueron los favorecidos y los que captaron el voto del descontento social: el KPD y, más aún, el NSDAP. Como se puede observar en el gráfico la evolución de las tasas de paro y del voto al nazismo fueron paralelos entre 1928 y 1933.
Además, las grandes empresas comenzaron a pensar en una solución autoritaria que acabase con la parálisis política y que aplicase una serie de medidas que juzgaban indispensables par salir de la crisis –y mantener su dominio económico y social: desmantelar del incipiente Estado de bienestar, suprimir a los sindicatos e ilegalizar al SPD y al KPD. Hitler representaba una opción para aplicar esta política, pero no la única. Sin embargo, la mayoría de las grandes empresas acabaron aceptando la toma del poder de los nazis en 1933 y los apoyaron económicamente en las elecciones de ese año.
El origen sociológico del voto nazi en 1928 estuvo muy concentrado, procedía de la pequeña empresa, el campesinado propietario y empleados de los servicios públicos, en suma lo que se podría denominar la pequeña burguesía protestante. Pero a partir de 1930, cuando sus votos aumentan, su margen sociológico se amplia y atrae votantes de casi todos los sectores sociales, especialmente a las mujeres, los trabajadores no manuales, los obreros de las pequeñas empresas y miembros de las clases media y alta de las pequeñas ciudades. Especial relevancia hay que hacer a los jóvenes de estos grupos citados, que fueron captados por la eficaz propaganda nazi.
La violencia.
La vertiente violenta del nazismo surgió pronto. Su primer hito fue el denominado «Putsch de la Cervecería» que se produjo en Munich en 1923. Se trató de una intentona de golpe de estado regional que llevaron a cabo Hitler y un grupo de seguidores armados –las Sturmabtleilung (SA). La manifestación que convocaron fue reprimida a tiros por la policía y Hitler encarcelado. Así tuvo el nazismo sus primeros mártires.
La organización antes mencionada, la Sturmabtleilung , también conocida como SA o Sección de Asalto, se convirtió en la milicia del partido desde su misma creación (1921) y tuvo un papel protagonista en la faceta violenta del NSDAP. Su mismo himno constituía un ensalzamiento de la violencia y de su instrumentalización política. Ellos fueron los que sembraron las calles de enfrentamientos sangrientos en frecuentes choques con sus enemigos políticos, especialmente contra su contrapoder callejero que estuvo representado por las milicias del KPD. En los años comprendidos entre 1924 y 1929, relativamente estables políticamente, alrededor de 30 militantes de las SA habían muerto a manos de los comunistas, mientras que estos informaban de 92 fallecidos en choques contra los nazis. Así pues, la violencia política, aunque con sordina, se había mantenido en Alemania desde casi los inicios de la década de los 20. La lista de bajas de nazis y comunistas se incrementó a partir de 1930 –en 1931 se registraron oficialmente 300 muertos como consecuencia de los enfrentamientos políticos callejeros. Esta violencia «ordinaria» se agravaba durante las campañas electorales con los mismos protagonistas. La propaganda electoral nazi tendía a exaltar ese uso de la violencia.
Las SA contaron, sobre todo a partir de 1930, con la simpatía y cierto apoyo de la policía y la judicatura. De hecho las actuaciones de estas instituciones solían dirigirse contra los grupos de izquierda, con especial ahínco contra las milicias comunistas.
Los objetivos de las SA, aparte de las batallas campales contra los comunistas, consistían en mantener vivo un clima amenazante, mediante el uso de la violencia, contra sus enemigos políticos. Para ello reventaban mítines del SPD y del KPD, acosaban a candidatos o personalidades relevantes de estos partidos –lo que hoy llamaríamos escraches–, agredían a periodistas, a judíos, etc. El ascenso electoral nazi no redujo la violencia callejera –a pesar de que las SA fueron ilegalizas en 1932. Su estructura militar era visible en las manifestaciones que organizaban, destinadas a mostrar su poderío e intimidar a los opositores.
Nuremberg Rally 1933 in Nuremberg, Germany – Parade of the SA (sturmabteilung) in front of the central train Station in Nuremberg. (Flaws in quality due to the historic picture copy) Photo: Berliner Verlag / Archive (Photo by Berliner Verlag/Archiv/picture alliance via Getty Images)
Otra forma más sutil de violencia fue el que practicaron los diputados nazis en el Reichstag, dispuestos a mantener un tono bronco y despreciativo de las normas parlamentarias en los debates. Para ello contaron, también hay que decirlo, con la colaboración de los diputados del KPD, que coincidían con ellos en preferir esa práctica parlamentaria. Estas actitudes contribuyeron a la paralización del parlamento y también a su deslegitimación social.
Con un parlamento cada vez más inoperante y con la violencia callejera desatada, la lucha política perdió su racionalidad y se basó principalmente en el empleo de símbolos y consignas que empleaban muy bien las posibilidades de una propaganda política simplista y violenta, muchas veces vacía de contenido real pero con apelaciones al sacrificio, al nacionalismo y a la libertad.
En conclusión, la utilización de la violencia en el período de ascenso político del NSDAP fue una constante coherente con sus postulados ideológicos. Este instrumento y su ascenso electoral fueron las bases que abrieron a Hitler las puertas del poder.
Bibliografía
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Evans, R. J. (2017). La llegada del Tercer Reich al poder. Barcelona: Península.
Götz, A. (2006). La utopía nazi. Cómo Hitler compró a los alemanes. Barcelona: Crítica.
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Thornton, M. J. (1994). El nazismo 1918-1945. Madrid: Globus.
Weitz, E. D. (2012). La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia. Barcelona: Turner.
Antón Costas, catedrático de la Universidad de Barcelona, ha escrito en el diario EL PAÍS de hoy un interesante artículo en el que establece algunos paralelismos entre la situación histórica de la década de los años treinta del siglo pasado en Alemania y la actual situación en Europa. Pretende con ello comprender las razones de la obcecación política de Merkel, actual canciller alemana, en las políticas de control del déficit a toda costa.
Cuando los efectos de la Gran Depresión llegan a Alemania a principios de los años treinta, el canciller Heinrich Brüning adoptó una política económica no intervencionista y defendió la austeridad como la mejor política. Esta política fracasó, tuvo de dimitir y la República de Weimar se hundió, facilitando el ascenso de Adolf Hitler. Nada más acceder al poder, Hitler cambió la política económica al optar por el intervencionismo económico del Estado mediante la inversión en obras públicas y el aumento del gasto militar. Las consecuencias de la llegada del nazismo al poder son conocidas por todos.
De la misma manera, la actual política económica dominante en Europa, partidaria del control del déficit a capa y espada, y enemiga de cualquier intervencionismo estatal (leáse políticas keynesianas) para impulsar la economía, está generando la aparición de grupos políticos cada vez más radicalizados, muchos de ellos de índole racista y xenófoba. Otros grupos comienzan a cuestionar la misma existencia de la UE en los actuales términos. Observamos así cómo la crisis económica se está convirtiendo en una crisis política que puede transformar aspectos importantes de la Europa actual.
La Historia, a veces, teje paralelismos extraños pero ello nos debe servir para aprender de los errores cometidos. Podéis leer el interesante artículo en Scribd:
La Sob Redo Sis de Austeridad
El nacionalismo alemán se basó en una concepción cultural y étnica (lengua, cultura, tradiciones), fundamentada en una interpretación histórica, para conformar la idea de la existencia de un pueblo alemán. Su pretensión fue construir un estado que uniese los distintos reinos en que se dividía Alemania (39 en 1815). Este objetivo se cumplió en 1871 bajo la dirección del estado más fuerte: Prusia. Nacía así el II Reich o Imperio, dirigido por Guillermo I.
Esta unificación se produjo mediante la victoria militar de Prusia en dos guerras: contra Austria en 1866 (batalla de Sadowa) y contra Francia en 1870 (anexión de Alsacia y Lorena). La Alemania unida se convirtió en la potencia hegemónica en Europa hasta 1914 y, gracias a la habilidad política de Bismarck, en el árbitro de las relaciones internacionales hasta 1890.
Mapa conceptual que podéis utilizar para sintetizar y comprender los elementos fundamentales de la complicada política exterior que llevó a cabo el canciller alemán Otto von Bismarck.